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Cuento de La Vidente y el crimen en la mansión

Hoy os voy a contar un cuento para leer en Navidad. No es una historia típica de una persona que encuentra su bondad, sino sobre una vieja vidente de muchas manías y un asesinato en una mansión que va a adivinar.

En el cuento que vas a leer, se nos muestra un montón de hombres célebres que representan a sus países, según la anciana. Y de ellos no va a saber ningún nombre, solo la nacionalidad.

El final del cuento viene con una reflexión sobre lo que está ocurriendo en la actualidad, una moraleja que nos haga pensar más en los demás, que es el mensaje que toda buena historia de Navidad nos quiere dejar.

El cuento de la vidente y el crimen en la mansión

Érase una vez una vieja, viuda, vidente de muchas costumbres, por no llamarlas manías. Vivía a las afueras de la ciudad y no le importaba estar sola, pues siempre lo estuvo y nunca más quiso una vida acompañada de tonterías.

Como cada nochebuena, acostumbraba a tomar una taza de té antes de ir a la cama. Sin embargo, esa noche no culminaría su bebida favorita, pues una visión de un asesinato había en dicha infusión, que reposaba sobre su mesita.

Rauda, ensilló su caballo y marchó al lugar donde se iba a cometer el crimen. Una mansión oculta en la naturaleza, no muy lejos de su hogar de origen.

A la anciana le extrañó su soledad, pues en ese lugar no apareció ningún vigilante que acusara su presencia, pero pronto descubriría la razón.

Llamó tres veces, como solía acostumbrar. En el interior, se escuchaban muchas voces, algo parecido a una fiesta, pensó.

Un caballero de gran estatura y una sonrisa eterna abrió de sopetón. La anciana, sin dejarle hablar, entró al lujoso lugar. Siguió las luces de un largo pasillo y en un salón lleno de opulencia fue a parar.

Aquí hay una gran reunión, de gente importante, pensó la vidente.

—He venido por un asesinato —anunció la mujer.

Y a los presentes hizo reír tanto que las bebidas se derramaron.

—Mi señora, sin duda, al lugar equivocado ha debido parar —dijo el varón de la amplia sonrisa—. Somos muchos caballeros aquí presentes, y le aseguro que ningún cadáver hay, más que el lechón que aún tenemos entre los dientes.

La vieja vidente se acercó a una gran chimenea, palpó el material y se calentó sus huesos sin disimular.

—Un crimen aquí no se ha realizado, pero sí que se va a cometer —señaló al suelo, cerca del centro del salón—. ¡Juro que ahí habrá un cadáver antes del amanecer!

—¿Quién es esa vieja bruja? —dijo un hombre bajito y de bigote postizo.

—Bruja no, vidente. Y os lo puedo demostrar.

Un hombre elegante se aproximó a ella sin vacilar.

—Bueno, vidente, es de mala educación hablar de uno mismo, pero yo me voy a presentar…

Y la anciana le interrumpió.

—Nada de nombres, pues tengo una mala costumbre de no recordarlos, para qué les voy a engañar. Pero su nación sí que voy a revelar. Usted es Finlandia, y no me lo puede negar.

El finlandés dejó de sonreír, miró a sus compañeros y después al hueco vacío del salón, donde un crimen iba a ocurrir.

—Es una broma, estoy seguro —dijo uno de ellos, rompiendo el silencio.

—Usted se equivoca, España, pero por más que le digan, no se lo va a creer, pues a usted nadie le engaña.

El español hizo una mueca, burlándose de la anciana.

—¿A quién van a asesinar, si se puede saber? —cuestionó un anciano de buen porte.

—Buena pregunta, Sudáfrica, pero la respuesta aún no lo sé.

—¿Y quién de nosotros es el culpable? —curioseó un señor de cabellos blancos.

—La misma respuesta, Alemania —dijo agotada tras su largo viaje.

—¿La dama está cansada? —preguntó Siria.

—En esta mansión hay muchas camas, escoja una y duerma un poco —dijo Uganda.

—Hágalo en la mía, si le gusta el placer de una buena conversación antes de cerrar los ojos —insinuó Colombia.

Los caballeros discutieron sobre qué aposento debía escoger la señora, pero ella no prestó atención. Sujetó su maleta con fuerza y se marchó del gran salón, perseguida por la curiosidad de los hombres.

Ascendió por unas largas escaleras y fue habitación tras habitación. Los varones apostaban por su dormitorio en cada escalón.

—Sin duda, busca mi dormir en mi lecho —dijo Argentina. Mientras la señora cerraba la puerta de su cuarto, provocando una risotada muy mezquina.

Así pasó delante de cada cuarto, hasta que al fin encontró uno vacío para ella sola.

—Soy una señora de costumbres, y una habitación para mí es lo que yo deseo. Echaré una cabezadita, espero por su bien que sean responsables de sus propios actos y no armen jaleo.

La vidente cerró el acceso a su alcoba y los varones bajaron aludidos al gran salón, intrigados por la señora que les había importunado su pacífica reunión. Bebieron, comieron y fumaron. Pero todos pensaron en lo mismo, y abandonaron su adicción.

Tras unos minutos en silencio, uno de ellos comenzó a hablar por encima de todos.

—Sin duda a mi me van a matar —aseguró Estados Unidos.

—¿Y por qué crees que va a ocurrir algo tan horrible? —preguntó Alemania.

—Soy el hombre más rico y prestigioso de la sala. Me temo que mi fortuna provoca envidia y se la quieren llevar —continuó hablando el norteamericano, que podía sentir la fría guadaña de la muerte acechando cada esquina.

—Es sólo una broma, de nada os debéis preocupar —conjeturó de nuevo España, que agarró su copa y vertió en ella el líquido de una botella de coñac.

—Si a alguien asesinaran, sin duda sería a mí, pues poseo más fama y gloria de la que usted pueda soñar —objetó Rusia, colocándose al lado de Estados Unidos. Y los dos se encararon en una triste disputa ante la mirada de los demás.

—Caballeros, no perdamos la compostura —trató de mediar China.

—Se trata de una confusión —siguió de lejos Turquía.

—Si nos vamos ya a la cama, seguro que al amanecer no habrá ningún cadáver —aseguró Canadá.

—¡Yo no me voy a ningún sitio sabiendo que uno de ustedes quiere acabar conmigo! —gritó Estados Unidos, que cogió un viejo fusil de la pared y apuntó a todos—. No me acostaré sin ninguna protección.

—Si él coge un arma, yo me haré con este noble sable —vociferó Rusia, arrancando una espada antigua sobre la chimenea.

—Caballeros, por favor, dejen de ser incivilizados —intervino Islandia—. Una solución a este problema debemos dar para seguir siendo aliados.

Unos minutos de pensamiento hizo que la mansión entrase en un profundo silencio. El amanecer estaba más cerca, por lo que algunos estaban realmente inquietos.

—Tengo una gran idea —anunció Inglaterra. Beberemos hasta mañana, así nadie saldrá herido, salvo con un chiste fallido.

—A no ser que usted quiera matarnos con la bebida —sospechó Irán.

—Vayamos a la cama a dormir y que cada cual cierre por dentro su habitación —sugirió Nueva Zelanda, sacando su llave del bolsillo.

—¿Y cómo sé yo que nadie más tiene una copia? —cuestionó Estados Unidos—. ¿Y si Rusia tiene una parecida?

—Yo las guardaré hasta que salga el sol —aconsejó Suiza.

—¿Y cómo haremos eso?

—Sencillo, usted cierra la puerta por dentro y me la desliza por debajo de su puerta.

—No me fío, podría acabar en manos de otro —respondió Rusia.

—Podríamos turnarnos para dormir —dijo Holanda.

—Una gran idea, podríamos hacer el primer turno nosotros tres —se acercó Rusia a Alemania y a Francia.

—Ya entiendo lo que pasa aquí, ¿soy el único que lo ve? —se puso nervioso Estados Unidos—. Es un complot, todos contra mí.

—No dice ninguna tontería, pues la vidente no dijo cuántos asesinos serían —dijo México.

—Esta broma ya ha ido demasiado lejos —bostezó España—. Si no nos mata esa vieja bruja con sus cuentos, seguro que lo hará el aburrimiento. Yo ya me voy a dormir, aquí les dejo con ese pensamiento. 

El español se marchó del salón, los demás, en silencio, le siguieron. Y todos se acostaron a la vez. Cerraron con llave la puerta de su habitación y ni las buenas noches se dieron.

A la mañana siguiente, la anciana despertó. Se había hecho ya muy tarde, se lavó la cara, como de costumbre y bajó las escaleras sin hacer ruido hasta que gritó.

En medio del salón, tal y como había predicho, había un cadáver.

—¡Siria ha muerto! —exclamó Brasil—. La señora que vino anoche tenía razón.

—Sea quién sea el asesino, aquí habrá justicia —gritó Estados Unidos—. Que salga el cobarde y pruebe el plomo en primicia.

—¿Y si ha sido usted? —acusó Rusia.

—No veo ningún disparo aquí —examinó el cuerpo Egipto.

—Eso es porque ha sido Rusia —señaló Estados Unidos.

—Ni tampoco un corte me parece a mí —analizó Jamaica.

—Entonces ha debido de ser envenenado por uno de nosotros —denunció Cuba.

—Inglaterra sugirió beber, seguro que lo hizo él —achacó Irlanda.

Todos los varones perdieron el juicio. Se enzarzaron en una larga pelea y provocó un gran hastío en la viuda.

—Si alguien tiene que saber quién es el asesino, sin duda será la señora, pues para eso es vidente —intervino España, ahora muy creyente.

—Así es. Sin duda han estado toda la noche mirando su propio ombligo, preocupados en buscar a un culpable, cuando en realidad han sido todos —los hombres se extrañaron ante tal acusación. La anciana prosiguió con su discurso, sin más dilación—. Siria se atragantó con un poco de vianda antes de acostarse y ninguno hizo nada por salvarle. Fueron testigos de cómo su vela se apagaba poco a poco, hasta que la muerte se lo llevó. Por lo tanto, todos los aquí presentes han asesinado a este pobre señor.

—La dama tiene razón, bajé aquí y vi cómo se asfixiaba. Me marché antes de que nadie de mí sospechara —lamentó Estados Unidos.

—Yo también vine. Pero cuando vi el cuerpo ahí tirado, sólo me preocupé de ocultar cualquier pista… que hiciera parecer que yo lo había matado… —admitió Rusia entre lágrimas.

—Yo entonces pensaba que solo era una broma… —sollozó España.

—Como ven, ninguno quiso asesinar a Siria, pero tampoco hizo nada para socorrerlo y evitar su muerte. Desde vuestras riquezas, fama e inteligencia habéis fallado a quien en ese momento más os necesitaba,  solo por la avaricia.

Todos admitieron su culpa y se entregaron a la policía. Pero antes de marcharse, uno de ellos se acercó a la señora adivina.

—Mi señora, si usted es una de esas grandes videntes, ¿por qué no dijo nada a ninguno de los aquí presentes?

La anciana se subió a su caballo por el lado izquierdo, como solía hacer. Y antes de partir declaró a ese hombre cuerdo:

—Soy una mujer de costumbre. Si lo llego a revelar, se habría evitado. ¿Y qué adivina sería si tal crimen no se hubiera cometido?

La vieja, viuda y vidente retomó su camino, dejando una gran melancolía en esa fascinante mansión, que quedaría maldita para siempre en lo más hondo de su corazón.

Leer más historias > guiones de Álvaro Cuevas

La importancia de leer un cuento en Navidad

Los cuentos de Navidad no tienen por qué ser alegres ni fantásticos, pueden ser oscuros y llenos de verdad y muerte como ocurre con el mejor libro de Charles Dickens ‘Canción de navidad’.

Pero lo más importante es su moraleja, lo que nos deja en el interior para que aprendamos a dejar de ser egoístas y avariciosos. Porque cuando leemos un cuento en Navidad, lo que queremos es un cambio en nosotros mismos. Una chispa que nos recuerde que debemos ser buenas personas y no hacerle mal a quien tenemos al lado. 

También es una forma de acercarnos a los demás, por eso, te invito a que leas este cuento en voz alta, con tus seres queridos y compartáis la metáfora del final. Que cada cuál saque su conclusión, pues hay más de una.

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Álvaro Cuevas

Guionista de cine.

Publicado por
Álvaro Cuevas
Etiquetas: cuento de navidad

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